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Jeffrey
L. Gould
El mito de “la Nicaragua mestiza” y la resistencia
indígena, 1880–1980. San José: Editorial de
la Universidad de Costa Rica, Plumsock Mesoamerican Studies e
Instituto de Historia de Nicaragua, 1997. 310 págs. Mapa, fotografías,
cuadros, anexos y notas bibliográficas. ISBN 9977-67-447-7.
US$ 13.00 (21 x 13.5 cm, en rústica) |
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Agradecimientos
Introducción: “No hemos desaparecido”
1. La comunidad indígena de Matagalpa:
de la rebelión de Matagalpa a la caída de Zelaya,
1881–1909
2. El café, el trabajo y la comunidad indígena de Matagalpa,
1910–1934
3. “La raza rebelde”:
las divisiones y las luchas de la comunidad
indígena de Sutiava, 1900–1925
4. Los indígenas de Masaya, las luchas populares y el discurso
ladino, 1919–1922
5. Los indígenas del norte y la lucha de Sandino, 1926–1933
6. La nación indohispana después de Sandino, 1934–1954
7. Las comunidades durante el somocismo, 1950–1979
Epílogo: La revolución sandinista y las comunidades indígenas
Resumen
En este volumen, Jeffrey Gould se propone rescatar la historia de las
comunidades indígenas de Nicaragua, la cual, hasta la fecha,
ha sido ignorada por la historiografía nacional. Esta labor de
rescate se centra en particular en las comunidades indígenas
de Matagalpa, Sutiava, Campapa, Monimbó y Jinotega.
Como lo indica el título del libro, Gould cuestiona lo que
él llama el mito de ‘la Nicaragua mestiza’, la noción
popular “de que el desarrollo cafetalero, a finales del siglo
pasado, significó la expropiación y privatización
completa de las comunidades indígenas y la transformación
plena del indio en ladino” (pág. 15).
Gould sostiene, en cambio, que a través de variadas estrategias
de resistencia, los indígenas nicaragüenses lograron con
cierto grado de éxito retener su sentido de identidad, en especial
su sentimiento de pertenencia con respecto a sus comunidades. Según
él, “los indígenas de Matagalpa y Jinotega lograron
aprovecharse de los conflictos políticos de la elite, y así
evitaron la pérdida completa de sus terrenos comunales y de su
libertad de trabajo”. Y añade que “no es cierto que
se hayan convertido en ladinos, sino que por lo contrario, seguían
identificándose como diferentes de los ladinos, y continuaban
promoviendo sus propias organizaciones de defensa política, económica
y cultural” (pág. 16).
Además de demostrar la persistencia de poblaciones que se identificaban
como indígenas, Gould también avanza la tesis de que los
pueblos aborígenes de las regiones montañosas y del pacífico
jugaron un papel decisivo en el desarrollo político y económico
de Nicaragua durante el periodo 1880–1925.
Gould, basado en un análisis cuidadoso de las fuentes disponibles,
calcula la población indígena del occidente y el centro
de Nicaragua en cerca del 35% en el año 1900. Hacia 1950 la población
indígena ya había mermado en mucho pero aún representaba
entre el 9 y 11.5% de la población fuera de la costa atlántica.
Y si se incluyen los Miskitos, Sumos y Ramas, la proporción asciende
al 13 y 15% de la población total. Tal estimado está muy
por encima del 2 a 4% que hasta la fecha la mayoría de científicos
sociales han citado rutinariamente.
Gould concluye que no cabe duda que el carácter de la identidad
indígena se transformó en los años después
de 1920. Y, como los estimados de población lo indican, ya para
mediados de este siglo, es muy probable que haya perdido algo de fuerza.
Con todo, señala Gould, encuestas recientes indican que más
del 80% de las poblaciones de las cañadas de Matagalpa, Monimbó
y Sutiava aún se identifican como indígenas. En su conjunto
hoy en día, sostiene Gould, las tres comunidades reunen una población
de más de 70,000 personas. Pese a los ataques a su integridad
económica y cultural sufridos en décadas recientes, como
resultado del auge de la agroexportación y las políticas
homogenizadoras del estado nacional, la identidad indígena aún
sobrevive, aunque precariamente, y se rehusa a ser borrada del proceso
histórico.
Abstract
In this book, Jeffrey Gould proposes to recover the history of Nicaragua’s
indigenous communities which to date has been ignored by the country’s
historians. This recovery effort focuses on the indigenous communities
of Matagalpa, Sutiava, Campapa, Monimb, and Jinotega.
As the title of the book suggests, Gould questions what he calls the
myth of a “Mestizo Nicaragua,” the popular notion that “the
development of the coffee industry at the end of the past century, signified
the absolute expropriation and privatization of the indigenous communities
and their full transformation from Indians into Ladinos” (p. 15).
Gould maintains, in turn, that by means of various resistance strategies
Nicaragua’s indigenous managed to a certain extent to retain their
own identity, especially their sense of belonging to their communities.
According to him, “the indigenous of Matagalpa and Jinotega
succeeded in using the political conflicts of the elite and avoided
the complete loss of their communal lands and their freedom of work.”
He adds that “it is uncertain that they turned into Ladinos but
on the contrary, they maintained their identity as different from Ladinos
and continued to promote their own organizations of political, economic
and cultural defense” (p. 16).
In addition to demonstrating the perseverance of population groups
identified as indigenous, Gould also advances the thesis that the native
people of the mountain regions and pacific regions played a decisive
role in the political and economic development of Nicaragua from1880
to 1925.
Based on careful analysis of available sources, Gould estimates the
indigenous population of western and central Nicaragua at about 35 percent
for 1900. By 1950 the indigenous population had already much declined
yet still represented between nine and 11.5 percent of the population
outside the Atlantic coast. If one includes the Miskitos, Sumos, and
Ramas, the percentage increases to 13 to 15 percent of the total population.
Such estimate is much above the two to four percent quoted routinely
by most social scientists up to now.
Gould concludes that the character of indigenous identity has undoubtedly
changed in the years after 1920, and—as the population estimates
suggest—already for half of the century, it is highly probable
that it has lost some strength. All in all, Gould states, recent interviews
indicate that more than eighty percent of the population groups of the
cañadas of Matagalpa, Monimb and Sutiava still identify themselves
as indigenous. Together, Gould maintains, the three communities currently
make up a population of more than 70,000 people. Despite the attacks
on their economic and cultural integrity suffered in recent decades,
and resulting from the increase in agricultural exports and homogenizing
politics of the national State, indigenous identity, though precariously,
still survives and remains part of the historic process.
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